Experimentos y políticas públicas: el ejemplo de la vacunación

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Experimentos y políticas públicas: el ejemplo de la vacunación

Por Héctor Tirado para Animal Político

Hace algunos años, poco se escuchaba de la metodología experimental cuando se hablaba de problemas públicos. Fue hasta 2019, cuando Esther Duflo ganó el premio Nobel de Economía con experimentos sociales para luchar contra la pobreza, que esta metodología comenzó a tener mayor auge en evaluación y diseño de políticas públicas.

De manera concreta, la metodología experimental se centra en establecer un grupo de control y (al menos) un grupo de tratamiento (que sean en promedio iguales entre sí) para, tras asignarles aleatoriamente un tratamiento, comparar los niveles de algún indicador de interés. La aleatorización (junto con un tamaño de muestra lo suficientemente grande) permite establecer que nuestra intervención es exógena, es decir, que el efecto es totalmente independiente de otras variables que podrían intervenir explicando el efecto observado. De tal forma, la asignación aleatoria en un experimento permite garantizar que el efecto es directamente atribuible a nuestra intervención. Los experimentos, muchas veces conocidos como ensayos aleatorios controlados (Randomized Controlled Trials o RCT en inglés), son relevantes para inferir los efectos y las relaciones causales de una intervención. Es decir, estos diseños nos permiten conocer si efectivamente nuestros esfuerzos sociales están rindiendo los frutos que pretenden e incluso, que algunos gobiernos prometen.

Por lo tanto, el aporte de esta metodología a las políticas públicas se centra en ofrecer evidencia sobre el efecto causal que tienen ciertas acciones encaminadas a atender un problema público. Un ejemplo útil para explicarlo es el proceso de vacunación contra la COVID-19.

Durante su desarrollo, todas las vacunas (Astra Zeneca, Pfizer, Sputnik, Cansino, etc.) pasaron por un proceso de experimentación en el cual a determinado grupo de personas se les asignó aleatoriamente un grupo: tratamiento (reciben vacuna) o control (placebo, es decir, no recibieron la vacuna). Posterior a ello, los investigadores compararon los efectos en ambos grupos y con ello, establecieron que las vacunas son en general seguras y efectivas.

Este proceso de experimentación hoy en día nos permite conocer la efectividad de cada una de estas sustancias, lo cual es una información sumamente valiosa para hacerle frente a la pandemia. Ahora, imaginemos que esta metodología pueda ser empleada para otros problemas públicos.

A través de la metodología podríamos tener evidencia sobre el efecto causal de ciertos programas sociales y con base en ello, poder tomar decisiones informadas. Por ejemplo, podríamos saber cuál es el efecto de dar becas. ¿Te imaginas lo útil que sería saber el efecto de cada uno de los tipos de becas, incluyendo la Benito Juárez, Jóvenes Escribiendo el Futuro, Mi Beca para Empezar, etc.? Y que pudiéramos conocer su “efectividad” como ahora conocemos la efectividad de cada uno de los tipos de vacuna contra la COVID-19.

Y aún más, ¿te imaginas que se pudieran analizar este tipo de programas no solo para conocer su efectividad y evaluar su continuidad, sino para mejorarlos (lo que en lenguaje de vacunas sería establecer si necesitan un refuerzo) o bien, generar un cambio de estrategia?

Dicha información sería sumamente valiosa tanto para el gobierno como para nosotros como ciudadanía, ya que con base en ella podríamos exigir cuentas sobre el ejercicio gubernamental para saber si el gasto público que estos programas sociales generan está cumpliendo con su objetivo. Al respecto, se debe destacar que el potencial de los experimentos no solamente se limita a la evaluación de los programas, sino que la información que esta metodología ofrece puede ser empleada como un elemento central para el diseño de políticas públicas basadas en evidencia.

En los últimos años, este tipo de metodología ha sido empleada por diversos países. Por ejemplo, en el Reino Unido se han implementado como tratamiento diferentes tipos de cartas para fomentar el pago de impuestos; en Estados Unidos se han hecho diferentes experimentos en educación para mejorar el desarrollo cognitivo de la niñez e incluso en Pakistán, la UNICEF financió una intervención para integrar los programas de primera infancia con el objetivo de observar su relación causal con mejoras en la salud.

En México, pensar en el uso de experimentos para evaluar políticas públicas hoy luce lejano, el gobierno parece olvidar y desdeñar el aporte de la ciencia a la vida pública del país y, sobre todo, a la solución de los problemas que nos afectan a nosotros como ciudadanía. La ciencia, incluyendo la metodología experimental que solo es una de las muchas herramientas en una gran caja, tiene un potencial enorme para ayudar a atender los problemas sociales. A pesar de ello, en lugar de aprovecharla, este gobierno ha preferido atacarla y denostarla. Esto se refleja en temas de política pública, donde se ha olvidado que la evaluación es un elemento fundamental del ciclo de políticas públicas, así como del ejercicio gubernamental y de la rendición de cuentas.

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