La gran paradoja del hambre

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Por: José Luis Chicoma 

Cada año, alrededor de esta época, salen las cifras de inseguridad alimentaria en el mundo. Los que investigamos y trabajamos estos temas las esperamos ansiosos, aunque temerosos: desde el 2014, el hambre ha seguido creciendo, y, lastimosamente, el año pasado llegó a 690 millones de personas.

Esta vez, guardamos la esperanza de que esta cifra pueda generar más empatía, y deje de ser una estadística más que usamos tecnócratas, expertos y académicos. No sólo porque va a haber millones de personas adicionales que sufran de hambre por la pandemia –hasta 132 millones más en el 2020–. Este año, para miles de millones de personas que nunca habían padecido algo similar, la idea de no poder conseguir alimentos pasó por sus mentes. Y el miedo de ser más vulnerables a un virus por haber tenido una mala alimentación, está acechando a millones.

Por esto, este capital inusitado de empatía brinda una buena oportunidad para ponernos de acuerdo en que son inaceptables, tanto la vieja normalidad, con más de 2,000 millones de personas (44 millones en México) que sufren de inseguridad alimentaria moderada o severa; como la nueva normalidad, con millones adicionales que van a tener incertidumbre para obtener alimentos.

La gran paradoja del hambre es que producimos alimentos para más de 10,000 millones de personas, la población mundial proyectada para el 2050. Pero no llegan a los 750 millones de personas con inseguridad alimentaria grave, ni son de la calidad adecuada para nutrir y promover la salud. Gran parte de la producción va a alimentar a vacas, cerdos y pollos, para saciar nuestro gusto desmedido por la carne. Otra proporción importante va a “alimentar” carros con biocombustibles. Y muchos productos agrícolas son un insumo de “alimentos” ultraprocesados, que son elaborados en laboratorios industriales, mezclados con aditivos, colorantes y saborizantes -muchos de ellos, químicos-, para resultar en bebidas y comestibles, usualmente muy altos en grasas, sodio, azúcares y en calorías vacías que en el mejor de los casos no nutren, y usualmente, enferman.

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