Los sistemas alimentarios en 2020 y las perspectivas para 2021

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Los sistemas alimentarios en 2020 y las perspectivas para 2021

 

La serie «El futuro de la comida» cerró el año con un webinario dedicado a analizar los sistemas alimentarios en 2020 y las perspectivas para 2021, en el que estuvieron invitados los especialistas Paloma Villagómez, investigadora en alimentación, pobreza y desigualdad; Ricardo Salvador, Director de Alimentación y Medio Ambiente de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad; y Ana Larrañaga, Directora de ContraPeso y Salud Crítica.

Laure Delalande, Directora de Innovación y Desarrollo Sostenible en Ethos, quien moderó el panel con Victoria Forastieri, especialista en sistemas alimentarios de esta organización, consideró que los retos que ha dejado la pandemia en términos de sistemas alimentarios son varios y tocan múltiples temáticas, como el incremento de la pobreza alimentaria, ya que antes de la pandemia, 820 millones de personas sufrían de hambre y este año, la cifra podría subir a 132 millones adicionales; también resaltó que los problemas de malnutrición han tenido un efecto negativo durante la pandemia: 7 de cada 10 decesos por COVID-19 están relacionados con obesidad, sobrepeso, diabetes e hipertensión. 

Otro tema que mencionó es la recuperación verde, ya que muchos organismos internacionales y organizaciones han señalado que se debe buscar una senda de desarrollo diferente y tener un escenario distinto a la pandemia, lo cual implica cambiar las formas de producir y de consumir; específicamente expresó que hay un llamado al sector agropecuario a apostar por sistemas de producción más sustentables y respetuosos del medio ambiente.

Para Ricardo Salvador, los principales retos globales de los sistemas alimentarios en 2020 se relacionan con la agudización, a partir de la pandemia, de muchas características que el sistema industrial alimentario ya traía. Habló, por ejemplo, de una situación que ocurrió en Estados Unidos con las industrias cárnicas. “A nivel general, lo que expuso la pandemia fue que estos sistemas, supuestamente muy eficaces, son sistemas lineales con mucha capacidad de flujo, pero con poca capacidad de respaldo cuando algo sale mal”. 

Puntualizó que, a mediados de marzo, esta industria decayó por la disrupción de la demanda de su producto, pero sobre todo, por la vulnerabilidad que los obreros sentían frente al virus, lo que los llevó a ausentarse. Entonces, la industria presionó al presidente norteamericano para que declarara esencial esta actividad, obligando a los trabajadores a regresar a sus labores sin una mejoría en sus condiciones, aparentemente para suministrar el mercado nacional, cuando en realidad era para abastecer la demanda China. 

“Al final de cuentas, la industria Tyson, una de las principales en el sector cárnico, en lugar de experimentar un desastre económico, como se preveía en abril y mayo, terminó este año como el más rentable, el año con mayores ganancias en la historia de la industria, a cambio de 50,000 obreros infectados y mínimamente 250 muertos innecesariamente, o sea muertes prevenibles, por no proteger a los obreros, prenda de que no se les valora.” Este, agregó, es un ejemplo de un gobierno que desprotegió a todos, menos los intereses corporativos. La pandemia nos ha mostrado que los sistemas son frágiles, que rige el gran poder económico y político de las corporaciones, y esto sin duda debe cambiar.

Mientras tanto, Paloma Villagómez inició su participación remontándose a lo que nos dijo el origen mismo de la pandemia, al menos el que ha sido reconocido, sobre cómo nos estamos relacionando con los sistemas alimentarios. La transmisión de patologías entre animales y humanos “es un riesgo que aumenta cuando la cultura alimentaria no solo acepta la vida silvestre como una fuente de alimentación, sino que lo hace de una manera que ya no se vincula de una manera moderada, cautelosa, sino quizás compulsiva y bajo esquemas de explotación. Creo que la primera bandera roja que apareció fue la necesidad de replantear la relación entre los sistemas alimentarios y el medio ambiente, encontrando justamente un punto medio entre la cultura, la sostenibilidad y la salud”, expresó.

Por otro lado, apuntó que ha quedado clara la necesidad de replantear la política alimentaria, la manera en la que el Estado se vincula con los procesos de la alimentación. Por ejemplo, comentó que en México, a nivel micro, en este contexto de pandemia se intentó transferir dinero o alimentos en especie a grupos vulnerables; en este sentido, asociar lo alimentario con el combate a la pobreza, que al parecer es un rasgo estructural de nuestra gobernanza alimentaria en donde el Estado desempeña un rol asistencialista, tiene varias implicaciones, como favorecer una visión de accesos mínimos de subsistencia y no necesariamente alcanzar óptimos de calidad en la alimentación o descuidar la manera en que los sectores no empobrecidos se alimentan. “Esta asociación entre alimentación y pobreza creo que también provoca reproducción de las desigualdades alimentarias”, puntualizó.

Y para Ana Larrañaga, si algo nos ha demostrado esta crisis es que los retos que enfrentan los sistemas alimentarios no son nuevos, las inequidades sobre las cuales tenemos que trabajar tampoco fueron detonadas por la pandemia, realmente eran problemas que ya existían y que habían tenido mucho tiempo ignorados por los gobiernos de la mayoría de los países del mundo. Destacó que, de acuerdo con el Reporte Global de Nutrición de 2020, ni un solo país está encaminado a cumplir las metas globales de nutrición, situación que preocupa, pues nos lleva a pensar que es necesario romper, o al menos frenar esta dinámica de producción insostenible donde la producción se basa en las ganancias y no en generar bienestar, o en políticas asistencialistas, pero pareciera que vamos caminando con una inercia demasiado fuerte.

Mencionó también el reporte que salió hace unas semanas del Global Health Advocacy Incubator, donde dan a conocer que si bien en varios países no se intensificó la atención para que la ciudadanía acceda a alimentos y bebidas saludables y suficientes, sí se intensificó la publicidad de ciertos productos cuyas empresas, además, hicieron acciones aparentemente filantrópicas, como donaciones de comida chatarra, particularmente en México, Colombia y Brasil; es decir, estas compañías están generando un relacionamiento ya a un nivel político de acuerdos que tienen un gran impacto con diferentes tomadores de decisiones. Estas acciones de filantropía corporativa, indicó, tienen un posicionamiento muy claro y un doble efecto, que más adelante les va a permitir abrir muchas puertas.

 

Perspectivas de los sistemas alimentarios para 2021

Sobre lo que viene en 2021, Ricardo Salvador habló sobre la Cumbre Mundial sobre los Sistemas Alimentarios organizada por la ONU, la cual se iba a desarrollar este año, pero se pospuso para el siguiente por cuestiones de la pandemia. Invitó a estar muy atentos, porque desde la preparación de este evento hubo una contienda entre dos puntos de vista particulares: por un lado, están los científicos y por el otro, integrantes de la sociedad civil. Cada uno presentaría su cosmovisión, pero como para la ONU la ciencia es la que debe tener la prioridad en cuanto a decidir cuáles son las mejores estrategias, “va a ser muy fácil descalificar los puntos de vista de la agroecología, que muchas veces se mal entienden como conocimiento tradicional anticuado”, y debido a ese desacuerdo, es muy probable que se organice una contracumbre donde no se le dé legitimidad exclusivamente a la perspectiva científica y tecnológica. 

Para Paloma Villagómez, no debemos perder de vista el trabajo que hay detrás de los sistemas alimentarios, entendido en su acepción más transformadora, productiva de servicios y bienes que son necesarios para sostener la vida y que le agregan un valor que históricamente ha sido distribuido de manera injusta. También hizo hincapié en el trabajo alimentario familiar que recae fundamentalmente en las mujeres. 

“Creo que el trabajo que sostiene el sistema alimentario, no solo en términos de trabajo que produce los alimentos, que los distribuye, etcétera, sino también de quien los transforma y los pone en la mesa que emergió de una manera contundente en esta crisis, no puede volver a invisibilizarse, o no podemos encontrar una manera de mantener estas mismas condiciones a flote llamándolo resiliencia, si es que eso implica que se sigan reproduciendo las inequidades que sostienen altamente al sistema y al trabajo que le permite existir”, expuso. 

Ana Larrañaga, en su visión optimista, compartió que le gustaría ver cambios reflejados en las políticas y en los programas que, de cierta forma, ya están establecidos, que tienen una estructura y que pueden modificarse, por ejemplo, los comedores escolares, pero enfatizó que se debe incluir a las comunidades y los alimentos que tradicionalmente se consumen ahí. 

“Tendrían que tener este componente de autonomía comunitaria, no necesariamente tenemos que pensar que todo va a escalar de arriba hacia abajo, sino que es una buena oportunidad para este tipo de participación y para escuchar a otras voces y promover otro tipo de consumo que sea mucho más sostenible”, refirió. Y agregó que otra cosa que abona a su optimismo es que existen grandes voces, grandes investigadoras e investigadores, grandes activistas en el área de alimentación que tienen muchos conocimientos que aportar, entonces no se parte de cero, solo falta una escucha activa y que se detonen procesos de participación real en los que se invite a sociedad.

 

El webinario completo «Nuestros sistemas alimentarios en el 2020 y qué podemos esperar para 2021» está disponible en Youtube

 

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