Nuestro futuro está hecho de crisis

15688

Nuestro futuro está hecho de crisis

Por: Laure Delalande para Animal Político

Las crisis de este siglo comparten poco con las crisis financieras características de la historia del capitalismo. Son más intrusivas y moldean de forma más determinante las perspectivas de vida de millones de seres humanos.

La humanidad contemporánea está muy familiarizada con las crisis financieras. Algunos economistas sostienen que el capitalismo se caracteriza por recurrentes periodos de crisis financieras (Roubini N. y Mihm S., 2010); éstas son, de cierta forma, inevitables y son parte del modelo capitalista. A cada generación su o sus crisis financieras, con efectos más o menos dramáticos. Nadie ha sido exento de presenciar el anuncio de días oscuros en la bolsa, de discursos de austeridad por parte de sus gobernantes y, sobre todo, del miedo al desempleo y al incremento del precio de la canasta básica.

No obstante, los efectos de las crisis financieras no son comparables a las nuevas crisis que estamos experimentando en este inicio de siglo. Los desastres naturales y las pandemias son dos tipos de crisis imposibles de prever, que pueden llegar a tener efectos devastadores en términos de bienes materiales y vidas humanas. A diferencia de las pandemias y desastres naturales, las penurias de tierra para sembrar y de agua para consumo y actividad humana -dos crisis ecológicas cuyos efectos estamos empezando a experimentar- pueden anticiparse, aunque, en ambos casos, es muy probable que los efectos del cambio climático aceleren de manera dramática el día en que lleguemos al agotamiento de estos recursos.

La pandemia por la COVID-19 coincide con la publicación del Sexto Informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Ambos fenómenos no dejan ningún lugar a dudas: el mañana está hecho de incertidumbre y crisis que tendrán efectos reestructurantes del mismo grado de profundidad que lo que estamos viviendo con la COVID-19. Hasta en sus escenarios más optimistas, el IPCC prevé que, para el 2030, la temperatura del planeta aumente de 1.5°C comparado con 1850; este nivel de perturbación climática incrementará la frecuencia e intensidad de las sequías y de las lluvias torrenciales. Las aspiraciones de los científicos de no rebasar el 1°C de incremento de temperatura quedaron enterradas en los informes anteriores del IPCC; ya hemos alcanzado este punto y el 1.5° es inevitable.

Las respuestas

La humanidad se ha hecho de una serie de herramientas y conceptos para poder convivir con un futuro incierto y caracterizado por las crisis. Desde los años 1950, la disciplina de la prospectiva busca modelar lo que está por venir, utilizando tendencias del pasado reciente y vislumbrando varios escenarios futuros posibles. El concepto de resiliencia se plantea como una solución para que las personas se adapten de mejor forma a las crisis, y puedan recuperarse de ellas. La adaptación al cambio climático es uno de los dos grandes ejes de la acción climática y es definida por el IPCC como “las iniciativas y medidas encaminadas a reducir la vulnerabilidad de los sistemas naturales y humanos ante los efectos reales o esperados de un cambio climático”.

Ante la pandemia por la COVID-19, varias organizaciones y organismos internacionales llamaron a ver la situación actual como una oportunidad para reorientar el curso de los modelos económicos y políticos actuales. El concepto de “Building Back Better” (reconstruir mejor), acuñado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y otros organismos de referencia, apareció para instar a los tomadores de decisiones a elaborar planes de recuperación que busquen reducir el riesgo que corren los seres humanos ante las próximas crisis; ya sea minimizando estos riesgos, con la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, o creando resiliencia.

La realidad

En los hechos, muy pocos son los países que están proponiendo transformaciones fuertes a raíz de la COVID-19. Los “planes de recuperación verde” muchas veces son un reciclado de propuestas que ya estaban presentes en las agendas de los gobiernos desde antes de la pandemia y sus niveles de ambición son bajos comparado con los esfuerzos que nos pide el IPCC (OCDE, 2021).

La retórica del cambio se ha enfrentado a la triste realidad de las prioridades de los gobiernos, sumidos en crisis sanitarias y económicas agudas. En otras palabras, descubrimos que los gobiernos de hoy no son reformistas en periodos de crisis.

Otro fenómeno explica la ausencia de respuesta contundente: es la incapacidad del ser humano en procesar la magnitud de las crisis que caracterizan nuestra nueva realidad. El carácter imprevisible tanto del “cuando” como del “qué tanto”, cuestiona profundamente nuestras creencias sobre el progreso y nuestras expectativas como individuos y como sociedad, y nos deja en una suerte de “estado de parálisis” en el que prevalece la inercia y las viejas recetas. Pocas personas, y menos los políticos, son capaces de procesar esta “angustia del futuro”.

Prueba de ello es la paradoja que reside en la expresión “recuperación sostenible”. El término “recuperación” designa el anhelo de regresar a toda cuesta a lo que teníamos antes. No obstante, las dinámicas económicas anteriores a la crisis no pueden calificarse de sostenibles, además de que estuvieron al origen de la crisis. En sí mismo, podríamos afirmar que hablar de “recuperación sostenible” es un contrasentido. Nuestra imposibilidad de poder vislumbrar sociedades y modelos económicos completamente distintos a los que hemos experimentado hasta la fecha podría interpretarse como una limitante cognitiva que puede costarle muy caro a la especie humana.

El filósofo francés Bruno Latour explica que la lógica económica que impera de manera masiva detrás de la toma de decisiones sobre los asuntos humanos es totalmente impotente ante cambios tan rápidos como los que traen consigo una pandemia o el cambio climático. Los business plans se basan en gran medida sobre datos del pasado y acuden a algunos elementos predictivos para realizar sus proyecciones. Así, la lógica económica, como forma de prever el futuro, tiene la enorme desventaja de apoyarse sobre el pasado, aun cuando éste sea caduco. Los intentos para integrar los costos/beneficios de las medidas ambientales son loables, pero no resuelven esta paradoja de fondo que deja como obsoletas este tipo de herramientas ante las crisis.

Latour también destaca que estamos frente a un escenario sin precedente en toda la historia de la humanidad: por primera vez, la historia natural, cuyos cambios anteriormente se medían en periodos geológicos de millones de años, está moviéndose a toda velocidad; mientras que la historia política, que tendía a moverse de manera rápida desde la revolución industrial, se ha vuelto relativamente estática comparado con la aceleración de los cambios climáticos.

Otro hecho nuevo: los angustiados de hoy no son los políticos, sino los científicos. Y esta angustia no logra permear de un mundo a otro, por más que dispongamos de evidencias claras sobre lo que nos espera. En lugar de aclararnos sobre las posibilidades de progreso de la humanidad, el conocimiento se ha vuelto escalofriante, porque nos lleva a hacer el duelo del futuro tal como nos lo imaginábamos.

CONTENIDO RELACIONADO