Más allá de la emergencia: la crisis climática tiene rostro de mujer
miércoles, 24 de junio de 2026
Por: Mónica Corona Para: Animal Político
La temporada de ciclones tropicales de 2026 ha comenzado y, con ella, el eco de la devastación del huracán Otis en Acapulco resuena como una advertencia persistente. Y mientras el Servicio Meteorológico Nacional pronostica varios huracanes, tanto en el Pacífico como en el Atlántico, debemos confrontar una verdad incómoda: la crisis climática y los desastres medioambientales actúan como un feroz amplificador de las desigualdades estructurales y patriarcales que ya fracturan a nuestra sociedad.
El mito de la igualdad
Las estadísticas son contundentes y desmienten la neutralidad del impacto climático. Por ejemplo, en el desplazamiento forzado por razones climáticas, a nivel global cuatro de cada cinco personas desplazadas por el cambio climático son mujeres y niñas, es decir, representan el 80 % de este éxodo ambiental. Las crisis ambientales no crean desigualdades de la nada; más bien, nos confrontan con las desigualdades preexistentes (de género, etnia, nivel socioeconómico y edad, entre otras).
En México, la magnitud del problema es alarmante. De acuerdo con el Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno (IDMC), entre 2008 y 2023 se registraron alrededor de 2.7 millones de nuevos desplazamientos internos inducidos por desastres en el país. Cuando miramos quiénes se ven obligados a migrar permanentemente por fenómenos naturales, el Censo 2020 del INEGI revela que, de 24,714 personas desplazadas entre 2015 y 2020, el 55 % fueron mujeres.
Las mujeres, las niñas, las comunidades indígenas y las personas afrodescendientes son los grupos más vulnerables ante estas amenazas medioambientales. Este éxodo no es casual: es el resultado de una desposesión histórica. En un país donde solo el 26 % de los títulos de propiedad ejidal o comunal pertenecen a ellas, su capacidad para tomar decisiones sobre el territorio y adaptarse a la sequía prolongada o al desastre es nula. Sin tierra propia, la resiliencia es una utopía.
La vulnerabilidad económica es el otro brazo de esta pinza. En nuestro país, las mujeres ganan en promedio un 20 % menos que los hombres. Además, el 63 % de mexicanas en edad laboral están fuera del mercado por dedicarse a labores domésticas y de cuidado, en abrumador contraste con el 12 % de los hombres.
El desastre las golpea sobre todo a ellas
Cuando el desastre golpea, esta división sexual del trabajo es letal. Previo al huracán Otis, el 82 % de las mujeres consideró no haber estado bien preparada, citando como obstáculos principales el trabajo doméstico (26 %) y el cuidado de menores (17 %). Tras la emergencia, también padecieron el colapso económico con mayor dureza, pues el 36 % perdió su empleo.
La recuperación fue estancada por la sobrecarga de trabajo no remunerado; para el 56 % de las mujeres que asumieron tareas de cuidado, esta labor se convirtió en la barrera principal que les impidió buscar empleo, acceder a ayudas o moverse libremente, convirtiéndose en un obstáculo para acumular el capital necesario que les permitiera enfrentar los choques climáticos, y empujándolas a la precariedad absoluta.
A esto se suma la pandemia en la sombra: la violencia. Estudios internacionales han demostrado que fenómenos climáticos como deslaves, inundaciones y huracanes se asocian con un aumento de la violencia de pareja hacia las mujeres hasta dos años después del evento, vinculado a la inseguridad económica y el estrés social. Continuando con el ejemplo de Otis, los datos de Acapulco lo confirman: tras el huracán, ellas sufrieron en mayor medida restricciones a su libertad y padecieron más agresiones físicas (42 % frente al 29 % reportado por hombres).
En el caso de las migrantes por razones climáticas, cuando su supervivencia las obliga al desplazamiento, lo que encuentran en el trayecto son riesgos extremos, con situaciones como trata de personas, explotación sexual y extorsión. A esto se suma la pérdida de documentos de identidad durante la huida, lo que les impide acceder a servicios de salud y mecanismos de protección básicos.
Urge una metamorfosis radical
En definitiva, la crisis climática no es un fenómeno neutral; es un catalizador que exacerba las desigualdades de género preexistentes. El impacto del fenómeno climático, la falta de acceso a la tierra, la brecha económica y la carga desproporcionada de cuidados no solo limitan la capacidad de las mujeres para adaptarse, sino que las empujan a una precariedad que, eventualmente, se convierte en el motor de un desplazamiento forzado. La migración, entonces, deja de ser una elección, para convertirse en el último recurso cuando la resiliencia falla.
Por ello, la gestión de riesgos de desastres no puede seguir operando bajo un enfoque asistencialista o neutro. Necesitamos una metamorfosis radical: desde políticas que aseguren la titularidad de la tierra y la redistribución del cuidado, hasta una representación femenina real en la toma de decisiones climáticas.
Salvar vidas en 2026 exige entender que, ante el mismo viento, la vulnerabilidad de las mujeres no es accidental, sino sistémica. Atender las injusticias y desigualdades que las hacen más vulnerables es, hoy, la única estrategia climática eficaz.


