Financiamiento internacional: nuevas reglas, con intereses, para la sociedad civil
miércoles, 1 de julio de 2026
Por: Emiliano Montes de Oca Para: Animal Político
Durante décadas, buena parte del financiamiento internacional para organizaciones de la sociedad civil estuvo guiada por una lógica relativamente clara: apoyar bienes públicos globales. Democracia, participación ciudadana, transparencia, combate a la corrupción, igualdad de género, desarrollo sostenible o fortalecimiento institucional eran temas impulsados por una visión compartida del desarrollo, plasmada en instrumentos como la Agenda 2030. Hoy esa lógica está cambiando.
El financiamiento internacional responde cada vez menos a prioridades universales y cada vez más a intereses estratégicos de los países y actores que aportan los recursos. La cooperación no ha desaparecido, pero se ha vuelto más geopolítica. En otras palabras, quien pone el dinero define los temas.
Lo vemos con claridad en Estados Unidos, donde una parte creciente de los recursos públicos se orienta a fortalecer cadenas de suministro estratégicas, industrias tecnológicas, inteligencia artificial o semiconductores. Lo mismo ocurre en Europa con la transición energética, la autonomía tecnológica, la resiliencia climática o la seguridad económica. Los grandes donantes siguen hablando de desarrollo, pero cada vez financian más aquello que consideran relevante para sus propios intereses nacionales.
Esta reconfiguración está transformando el mapa de oportunidades para las organizaciones de la sociedad civil mexicanas.
Recursos para desafíos reales y urgentes
Los recursos se están moviendo hacia temas como cambio climático, agua, transición energética, resiliencia comunitaria, inteligencia artificial, innovación pública, habilidades digitales, empleabilidad y gobernanza tecnológica. No son temas menores; son desafíos reales y urgentes. El problema es que, al mismo tiempo, otros asuntos que durante años ocuparon un lugar central en la agenda de financiamiento están perdiendo prioridad. Participación ciudadana, transparencia, monitoreo del gasto público, fortalecimiento institucional, gobierno abierto o combate a la corrupción continúan siendo importantes para la calidad de nuestras democracias; sin embargo, ya no concentran el mismo volumen de recursos que hace una década. Aunque una parte del dinero desapareció, otra migró hacia otras prioridades.
Aquí surge una pregunta incómoda: ¿qué ocurrirá con las organizaciones que han dedicado años, e incluso décadas, a construir conocimiento, metodologías y capacidades especializadas en esos temas?
Sería un error concluir que deben abandonar su experiencia para perseguir la última tendencia de financiamiento. Reinventarse desde cero no solo sería ineficiente; también implicaría desperdiciar capacidades que han costado años construir. Pero también sería ingenuo pensar que basta con seguir haciendo lo mismo y esperar que el financiamiento las favorezca.
¿Entonces cómo obtener los recursos?
La respuesta probablemente está en encontrar intersecciones. Las organizaciones especializadas en gasto público pueden vincular su experiencia con la transparencia del financiamiento climático o la supervisión de inversiones para la transición energética. Quienes trabajan en participación ciudadana pueden aportar a los debates sobre gobernanza de la inteligencia artificial, tecnologías cívicas o diseño de servicios públicos digitales. Las organizaciones dedicadas a la rendición de cuentas pueden desempeñar un papel fundamental en la vigilancia de grandes proyectos de infraestructura, cadenas de suministro estratégicas o políticas de innovación tecnológica.
El desafío no es abandonar las agendas históricas, sino conectarlas con las nuevas prioridades globales.
La buena noticia es que muchas de las capacidades acumuladas siguen siendo extraordinariamente valiosas. El análisis de políticas públicas, la generación de evidencia, la incidencia, la vigilancia ciudadana y la construcción de consensos son herramientas necesarias para enfrentar prácticamente cualquier desafío contemporáneo. Lo que cambia es el contexto en el que esas capacidades deben aplicarse.
Las organizaciones que prosperen no serán necesariamente las que cambien de misión, sino las que entiendan antes que las demás cómo traducir su experiencia a los lenguajes y prioridades del nuevo entorno.
Porque el verdadero riesgo no es que cambien los temas financiados. El verdadero riesgo es perder capacidades construidas durante años por no encontrar la manera de hacerlas relevantes en el mundo que viene.


